![]() |
| foto:internet |
Nulla Dies Sine Linea
NI UN DÍA SIN UNA LÍNEA.ESCRIBIR SIN INSPIRACIÓN Y SOLO BAJO LA IMAGINACIÓN.
24/05/12
Cuento de amor y de tragedia
26/08/11
A lo bien
foto:internet
Marcelo Del Castillo
¿Cómo se llamaba, esa mujer menuda y bonita que tuvo un niño de un pandillero, que estaba en la cárcel porque había sido atrapado en el asalto a un banco. Después también tuvo otro niño de un muchacho “a lo bien”, que era hijo del dueño del supermercado del barrio. Ella no vivía con ninguno de sus hijos porque se los habían separado y cada niño estaba repartido uno con la madre del pandillero, y el otro con los padres del muchacho a lo bien. Entonces a ella le había dado por consumir droga; primero aspirando pegante, después marihuana, y por ahí siguió a la cocaína. Para costearse la adicción, a lo bien, se metió de puta. ¿Cómo se llamaba?
25/06/11
Sólo veníamos a eso

Marcelo Del Castillo
Cuando Fernando la vio: sentada en la cama, acariciando el cobertor pensó que así empezaba a realizarse al fin el deseo que tanto encomio y decisión puso.
Recordó, cuando se conocieron. Él, asistiendo a las clases, siempre borracho a las putas clases de filosofía como si sirvieran para algo. Se echó un trago de aguardiente desde el tetrapack. Lo guardó. Sacó una botella de agua, hizo buches y se los bebió. Buscó en el bolsillo una menta y observó que ya no tenía.
“¿Por qué tomas a estas horas?”, dijo ella.
“Es mi desayuno”, respondió el.
Ella recordó el agudo sarcasmo de la respuesta que sonrío. La hizo detenerse para verlo como analizándolo. Se le hacía fatuo, bravucón, por supuesto, alcohólico. Se sorprendió después cuando a la salida de las clases él estaba esperándola. No se imaginó que ella le hubiera despertado tanto interés. Nadie la esperaba. Y, sí, reconoció, le gustaba.
Siempre le gustaban hombres mayores porque ella creía que así aprendía más experiencias.
Y fue eso que con él la llevó a probar de todo o casi todo por pura curiosidad de adolescente.
Ya lo habían hecho otras veces. Ella confió que él sólo la buscaba para acompañarlo en sus juegos de excesos autodestructivos. Entonces Fernando se aperaba como si fuera a una rumba espesa: compraba tres botellas de Habana Club, cigarrillos. Buscaba al jíbaro de la zona para comprarle varios gramos de cocaína. Cuando la llamaba con un acentuado tono de intriga como si ella fuera socia en un cruce sórdido y prohibido, que a ella le encantaba, porque hacía un desdoblamiento de su conducta. Ante su madre y sus amigas se mostraba ecuánime, bien juiciosa diría su abuela. Mosquita muerta, la insultaría una compañera de colegio, que aún la frecuentaba, porque mantenía su amistad por sus afinidades: le gustaban más las mujeres que los hombres pero no iba a ir por ahí a decirlo así nomás. Eso todavía no estaba bien visto.
A Fercho sabía seguirle la corriente y estar lista a decirle no a sus propuestas eróticas, a veces directas, a veces con doble sentido que lo mantenía a raya. Lo dejaba abrazarla, le sacaba un beso, y el sentía el rechazo. Siempre así en las ocasiones que se encerraron en un hotelucho a drogarse.
Entonces entraban en acción. Ella aspiraba con euforia la cocaína que él le suministraba, mientras oían, baladas insulsas en las que él tatareaba con sentimiento y lloraba nostálgico. Si sonaba The Beatles. Ella le decía retro, retrogrado. A mí me gusta el rock duro, el jevimetal, es el frenesí. Parcero Mayor. Mientras él bebía y bebía del pico de la botella y la asediaba, acosándola para que diera su brazo a torcer, lo que él sinceramente deseaba de ella: comérsela. Probar carne joven, jovencísima, fresca y juvenil.
“Creo que es virgen”, pensó al acercarse a ella sentada en el borde de la cama. Ella sintió, esta vez, un profundo malestar porque él insistió presionándola. La cita la puso como un enigma en estatus de feisbuc. El escribió: ¿Dios se inspira en su soledad para crear el caos? Y ella halagaba el estatus. Habían chateado, y él le hablaba de filosofía. Odiaba a Hegel porque había afirmado que los habitantes de este continente son seres inferiores. Ella río de la irreverencia. ¿Quién es Hegel? Nunca lo supo ni se interesó en preguntar. El dijo que si iban a ir donde sabían. Esta vez no podía, tenía quehaceres-mintió- pues estaba en el chat su amiga y desde la graduación no se habían vuelto a ver ni chatear y quería verla y compartirle las últimas experiencias que había descubierto, que no eran más que precisamente las farras con excesos de drogas y trago pero sin sexo con un hombre mayor que ella tenía como nuevo amigo. El man me gusta pero no para tirar le escribió a Sally, la íntima amiga. Fernando le insistió, en el chat, que tenía una cosa nueva, para que la probáramos juntos. ¿ Éxtasis?, escribió ella. No sé. Es una nueva cosa que quiero probarla sólo contigo. La ansiedad le creció a ella, e inmediatamente dejó a Sally en el chat, sin despedirse. ¿Dónde nos vemos? Escribió urgida. En el mismo hotel, donde ya nos conocen, y no le paran a tú edad, escribió Fernando. Listo, va pa esa, escribió ella. En una hora nos vemos.
Cuando ella subió las escaleras, vio la puerta entrecerrada. Fernando la ajustó cuando ella entró. Se descolgó de su vieja mochila. Fernando había puesto sobre la mesita de noche un espejito que cargaba siempre, además, brillaba en él el filo curvo de una navaja, se veían ya listas varias blancas líneas de perico.
Ella vio con ávidos ojos la cocaína duplicada en el espejito pero se sintió cohibida.
“A lo que vinimos vamos”, dijo para romper el hielo.
“Despacio y buena letra como solía decir el viejo maestro de primaria”, contestó Fernando.
Ella se recostó en la cama, se sacó sus baletas, y empezó a darse masajes en sus pies. “Estoy agotada”, dijo.
Fernando no le quitaba los ojos de encima: la vio radiante a la luz del atardecer. La definió entre el claroscuro de la penumbra con su dorado cabello corto a lo varón, sus grandes ojos marrones brillantes.
“Encedamos la luz”, dijo ella.
“No, así es mejor, más íntimo, a oscuras”, dijo Fernando.
Ella sintió un estremecimiento al oír como un anuncio, que ella no quería de él y se levantó como un resorte de la cama.
“Voy al baño, ya vengo”, dijo ella.
Fernando se acercó dispuesto a abrazarla. Se quedó mordido de ansiedad al verla que se le escabulló y cruzó bajo sus brazos extendidos hasta la puerta del baño y cerró rápidamente.
Fernando no se disgustó: ya sabía de sus desaires y rechazos, frotándose las manos.
Se ilusionó con entusiasmo que ahora si caería en sus brazos y por fin darse una revolcadita con ella. Creía que todo estaba dispuesto hasta compró un par de condones que sacó del bolsillo, por si acaso no le gustaba piel a piel por aquello del sida.
Ella se sentó en la taza del excusado pensando que este man quiere comerme y a mí no me gusta, qué hago. Sólo quiero el perico. Cómo hago. Abrió la ventana, y desde ahí pudo ver, afuera, a través del retazo de pared como se oscurecía la tarde que agonizaba. Se sintió sola y pensó en su madre tan sola como ella. Suspiró, sintiendo ansiedad. Mentalmente empezó a decirse de golpe: se lo doy, no se lo doy, se lo doy, no se lo doy.
Fernando se había metido bajo las cobijas, el cobertor estaba caído, ella lo levantó y lo extendió a lo largo de la cama. Vio en el espejito que apenas había una débil línea blanca de perico, se desánimo. Se sentó a los pies dándole la espalda.
Fernando empezó a aspirar de nuevo en el espejito. Y le ofreció.
“Pensé que no me ibas a dar”, dijo ella.
Fernando sacó el envoltorio de perico, una bolsita transparente con broche ajustable. Empezó a esparcirla con una diminuta cucharita de plata. Después con la navaja curva, se puso a picarla con cierta práctica. Ella pensó lo que hace la práctica con el vicio: adictos. Recordó sus cigarrillos y los sacó de la mochila.
Fernando se quedó esperando desairado, sosteniendo el espejito que ella no recibió.
“¡Qué pasa?”, dijo él.
Puso el espejito en la mesita de noche y también sacó de su cajetilla un cigarrillo y lo encendió.
Ella lo miró con desolación. Fumó. Por primera vez pensó en algo tan singular, tan único como matarlo. Se acercó a él diciéndole:
“Voy a acabar con tu sufrimiento”.
Vio el brillo metálico de la navaja curva y la tomó como si fuera a limpiarse las uñas. Se puso el cigarrillo en la boca y se sentó viendo a Fernando que sonreía de una manera mecánica, indicándole que se metiera a su lado en la cama. Sostuvo la navaja con fuerza en su mano y le lanzó un navajazo directo a la garganta, donde inmediatamente brotó un chisguete oscuro de sangre viva. Fernando se puso la mano en la herida mortal, sorprendido y sintió que caía a un profundo vacío oscuro donde todo se perdía.
Ella empezó a desgarrarse la ropa, se dio fuertes puños en la cara, y empezó a gritar con toda su fuerza.
Abrió la puerta y desde allí miró el cuerpo sangrante de Fernando que agónico boqueaba. Dejó caer la navaja manchada de sangre y empezó a correr por el pasillo solitario, mientras repetía a gritos una y otra vez:
“Sólo veníamos a eso, a drogarnos, pero él quiso violarme, lo mate”.
06/04/11
El último aliento

29/11/10
“Una gota de agua condensa el universo de una vorágine”

Por Marcelo Del Castillo
Cuando abrió el grifo, comprobó que no había agua. El tubo dejó escapar borboteos de aire, pero no el líquido. Apenas brotó una preciosa gota, cayendo sobre el lavamanos que se escurrió por el sifón. La garganta la sentía reseca y áspera. No podía darse un buche de agua para enjuagarse la boca. En la nevera vio gaseosas, pero ni un agua mineral. Nada.
Recordó las imágenes con el frasco lleno de agua que se paseaba en su itinerario por una geografía diversa.
Deseó tener guardadas cajas aperadas de ese frasco con el precioso líquido. “Seguro la cortaron por malgastarla tanto”, pensó.
Llamó al acueducto y oyó una voz impersonal que dijo: si era habitante de los sectores comprendidos entre el 9 y 13 inclusive, por el estallido de una tubería no tendría agua por 72 horas, y que una flota de carrotanques suministrarían el líquido.
Colgó y se acercó a la ventana. Abajo se veía una aparente normalidad de transeúntes. Observó: eran mujeres, muchachos y hasta niños cargando grandes recipientes vacíos.
“La cosa es grave”, pensó.
De la nevera, destapó una gaseosa. Bebió con gusto y sed. Hizo buches que igual se los bebió. Después eructó con todo el placer y que a nadie molestaría. Por hábito se desvistió. Se puso la bata de toalla, pero al hacerlo sonrío. “Con qué agua me voy a duchar”, pensó.
En el espejo, se rozó las mejillas moteadas de barba que todas las mañanas se afeitaba. Hoy no tendría que hacer.
La gaseosa lo obligó a sentarse en el excusado a vaciar sus tripas. El olor denso y fétido lo hizo pensar si no estaría mal de su estómago.
Recordó las fotografías del frasco que anduvo por distintos lugares de la inmensa geografía continental, en un viaje acuoso de los particulares mundos que había tocado de lo local. Se trataba de escribir textos para un gran libro que contaba de un mundo desaparecido en la selva en homenaje a un escritor que había sido envenenado por denunciar la explotación de aquellos hombres, olvidados en una vorágine de violencia y expolio, y de haber abierto heridas a la selva. El ensayo, a pocos les había gustado. Dijeron que era aburrido y grandilocuente. Una joven asistente señaló que no entendía la palabra dúctil. Le disgustaba- dijo- que un escritor la obligara a ir al diccionario. Pensó lo que son los huecos en el lenguaje, tratándose de los jóvenes, por supuesto.
Abrió la ventana. Veía largas filas frente a los carrotanques, recibiendo el preciado líquido.
“Qué coincidencia”, pensó.
La realidad le mostraba simetrías. Ahora no sabía si vaciar la cisterna o sacar agua para lavarse los dientes. Pensando ese instantáneo dilema. Encendió el computador. Escribió: “Una gota de agua condensa el universo de una vorágine posible de sensaciones y formas.”
22/04/10
La derrota de la página en blanco (1)
fOTO;fUENTE:Elpais.com
Veintiún escritores, entre ellos dos premios Cervantes -Antonio Gamoneda (2006) y Juan Gelman (2007)-, reflexionan sobre la tarea del escritor y ofrecen algunas recomendaciones a los autores noveles en vísperas de la celebración del Día de Libro y de la entrega a José Emilio Pacheco del Cervantes 2009 el próximo viernes 23 de abril.Elena Poniatowska
Si toda la vida me la he pasado buscando respuestas, es poco probable tener reglas para escribir. Si yo soy la que pregunto desde que sale el sol hasta que se mete, ¿cómo voy a saber qué se hace para enfrentar a la página en blanco? Con la página en blanco comienza la inmensa aventura frente a la mesa de trabajo, bueno, antes era una mesa, ahora es una pantalla también espantosamente blanca y llena de trucos, trampas, escondites porque una sola tecla te borra el alma. Hay días buenos y días malos. En los malos, todo va a dar al cesto de la basura, en los que uno cree buenos, sale media paginita y uno se esponja como gallina roja. Es más fácil poner un huevo que escribir. Escribir me cuesta un huevo y la mitad de otro. Bueno, como si yo tuviera huevos. La única manía que puede evitarse es insistir y empeñarse en vez de salir a la calle y abrazar a los demás aunque sea con la mirada.
Enrique Vila-Matas
Consejos a un principiante para enfrentarse a la página en blanco: tratar de driblar a la plúmbea tradición acumulada y buscar percepciones, ideas nuevas. Ahora bien, para driblar es necesario haber leído previamente mucho. Puede parecer paradójico, pero sólo habiendo leído mucho se puede intentar la aventura de ir en busca de la frescura, del gesto que devuelva al arte la potencia que tuvo en sus orígenes. Por eso me sorprenden los escritores jóvenes que dicen escribir sin previamente haber leído demasiado. A los que dicen pasar de Dickens y Proust quiero advertirles que, como la escritura es una carrera de fondo, a la larga pueden quedarse sin una bombilla en su cerebro literario y convertirse en dibujante de cómics, pero no en escritores. En resumen: se recomienda leer y ser contemporáneos. Esto último parece obvio, pero téngase en cuenta que en la literatura española algo tan simple como ser contemporáneo ha sido generalmente una rareza.
Esther Tusquets
A los muchos escritores principiantes que como editora he tenido ocasión de tratar les he dicho siempre lo mismo: la única forma de aprender a escribir es leer. Tengo poca fe en los talleres de escritura, o en los cursillos donde te preparan para la profesión de escritor. Su eficacia depende de las personas que los dirigen, si éstas son de gran altura es obvio que podemos sacar provecho de sus consejos, pero, aun en este caso, si además de la docencia son ellos mismos escritores, considero preferible leer su obra que asistir a sus clases. El escritor principiante debe leer tanto como pueda y -es otro punto del que estoy segura- debe leer sobre todo a los clásicos. Les aconsejaría también que no partieran del propósito de ser originales, distintos, de hacer a toda costa algo nuevo. Tal vez lo logren, y será magnífico, pero no debiera ser el objetivo primordial. Y nadie que se tome en serio la profesión estudiará los índices de ventas, cuáles han sido los best sellers, qué incentivos estimulan al comprador, qué es "lo que se lleva". Esas míseras funciones puede dejárselas al editor. Y por último les diría que no se tomen demasiado en serio esa supuesta angustia ante la página en blanco: a lo largo de la creación de una obra, hay múltiples momentos de angustia y surgen en los puntos más inesperados. La última página puede generar tantos problemas e inseguridades como la primera.
Bernardo Atxaga
Entre otras cosas, el escritor debe ser consciente del Código Penal que activa nada más ponerse a escribir. Van dos líneas, y ya tiene enfrente una lista de prohibiciones y de castigos. Ha empezado a narrar en primera persona, ergo ya no le es posible utilizar la primera o la tercera. Ha puesto un taco en el segundo párrafo, ergo no podrá evitarlos en las páginas siguientes, y a ver qué pone cuando llegue a la doscientos, después de dos docenas de diversos joderes y una y media de me cago en... Y si en lugar de un taco ha puesto un latinajo como ergo, pues peor aún, porque obliga a más, por ejemplo a escribir ex aequo en la tercera página y a posteriori en la octava, y cierra para siempre la vía hacia un texto serio como el que, dicho sea de paso, yo quería escribir antes de que me saliera precisamente el ergo, y la musa, Código Penal en mano, me prohibiera ese fruto.
Juan Gelman
¿Consejos? Para los jóvenes poetas, ninguno. Los únicos maestros son los grandes en lengua castellana y ayudan a encontrar la propia voz. Se busca, entonces, lo mismo que ellos buscaron y hay que ir a la página en blanco virgen de todo mecanismo adquirido en una escritura anterior: cada nueva obsesión tiene su música. Escribir poesía es abrirse camino en uno mismo. Decía la gran poeta rusa Marina Tsvetáieva: el poeta no vive para escribir, escribe para vivir.
Santiago Gamboa
Conviene, al inicio, imaginar una novela descomunal, pues la escritura es un proceso de pérdida: se sueña con una catedral y al final se logra una iglesia de provincia. Luego escribir de forma obsesiva, aunque no siempre "escribir" significa golpear el teclado. A veces basta con pensar intensamente en lo que se está escribiendo. Pero a veces, pues no hay que olvidar que las novelas tienen muchas páginas y alguien debe hacerlas. Y un consejo suplementario: cada día, para concentrar fuerzas, se pueden decir en voz alta estos versos: Prometo querer narrarlo todo y contra toda esperanza. / Prometo ser sincero en la verdad y en la mentira, y prometo contradecirme. / Prometo no ser tan "versátil" como algunos editores quisieran. / Prometo no ser nunca un escritor sin escritura. / Prometo reescribir, tachar, borrar y maldecir hasta quedar sin aliento. / Prometo todo esto, Señor, en nombre de tantos autores caídos en el campo de batalla de la página en blanco. / Prometo también algo muy sencillo. / Repetir cada mañana esta plegaria: / "Señor, no soy ávido / sólo te pido 500 palabras".
Matilde Asensi
Antes de empezar a escribir hay que disfrutar del proceso de creación. En general, todo el mundo considera que teclear en el ordenador es, de hecho, el trabajo del/la escritor/a, que la inspiración guía mágicamente sus dedos y que la narración va saliendo mientras se escribe. Pero cuando ese momento llega, ya se han dejado atrás muchos meses (incluso años) de proceso creativo: tus personajes tienen nombres y vidas, tu argumento está completo, conoces las diferentes historias que se trenzarán a lo largo de la obra y ya has documentado la época histórica en todos sus aspectos. En realidad, la fase de creación es la más amplia e interesante; escribir, lo que se dice escribir, sólo es el final del proceso.
Fernando Aramburu
Sinceramente, joven, el único consejo útil que puedo darte es que seas un genio. La genialidad ayuda a evitar complicaciones. Es como ir de viaje en un automóvil de fórmula 1. Llegas antes, aunque ay de ti como te salgas de la carretera. Si vas andando no te quedará más remedio que encomendar tus ilusiones al trabajo constante, al estudio minucioso de la lengua, a tu conocimiento particular de los asuntos humanos. Tengas mayor o menor talento para la expresión escrita, procura ser auténtico porque, de lo contrario, ¿qué vas a ofrecer sino humo a los demás? Y desconfía de los pelmas aconsejadores que pretendemos alumbrar el universo con una chispa.
Fogwill
El de la página en blanco es un lugar común tributario de la mitología del artista, su padecer, sus sacrificios. Mallarmé, en su Brise Marine lo llevó al extremo, con una ironía que pocos advierten: en el poema la página en blanco es restaurada hasta recuperar su materialidad de "vacío papel que defiende su blancura" y se suma a "los viejos jardines hechos para mostrarse", "la claridad desierta de la lámpara" y a "la joven esposa que amanta su bebé" como formando el todo repudiable de la vida burguesa. Su consejo a los que temen a la página en blanco es enfrentar a la tormenta, naufragar y perderse hasta poder "atender-entender" el canto de los marineros. Tenemos la cabeza llena de cantos de marineros, campesinos, soldados y maestros de la lengua: escuchémoslos y dejémonos de mariconerías domésticas como los triviales ritos del escritor que cree temer a la hoja en blanco cuando lo acosa una deplorable blancura mental.
Yuri Herrera
No existe eso que llaman bloqueo de escritor. Si no escribes: o no tienes nada que decir, o no es el momento de decirlo, o eres demasiado perezoso para ponerte a trabajar. En cualquier caso no hay por qué angustiarse, el mundo seguirá girando a pesar de tu silencio. Hacer literatura no es un deber. A nadie le urge un escritor. Si uno entiende eso puede tomarse el tiempo necesario para escribir, sin contentarse con la autoconfesión o la escritura automática, formas de la calistenia. Porque el verbo más importante del oficio es rumiar; la literatura se gesta rumiando. Hay que dejar que a uno se le pudran las historias en la cabeza, que fermenten hasta despedir ese olor que indica que ya están listas para ser puestas en palabras.
Elvira Lindo
Por desgracia, no se puede enseñar a escribir literatura a quien no tiene talento. El talento no se enseña. Sin embargo, a quien sí lo tiene, un buen maestro le puede servir de gran ayuda. Los mejores maestros se encuentran, sin ninguna duda, en la estantería. No se puede adquirir un estilo propio si no se lee y no se imita a los grandes escritores. La admiración y la emulación a los clásicos son el principio obligado de una carrera literaria. Después, están las escuelas de escritura. Son interesantes porque ponen al alumno en contacto con personas que comparten las mismas inquietudes. Lo deseable es que el alumno encuentre a un buen maestro. El buen maestro ha de enseñar a amar la literatura sin papanatería, pero sin malograr la inocencia del alumno. Lo ideal es encontrar un buen maestro que no esté lacrado por el resentimiento. Hay maestros que quieren imponer sus manías y sus prejuicios literarios a sus alumnos. Que les inoculan el desprecio, que es el pecado más estéril de los literatos. De ellos hay que huir como de la peste. Nada mejor que el maestro que enseña a admirar, en primer término, y a analizar las dificultades de la creación. De un taller literario es posible que sólo uno o dos alumnos tengan futuro, pero por esos dos diamantes en bruto merecen la pena todas las escuelas de letras.
Arturo Pérez-Reverte
Escribir no es tanto cuestión de talento como de constancia. El trabajo, la dedicación y las lecturas son el camino más directo para tener éxito en la creación literaria. Con el tiempo, los escritores vamos cambiando y no es la misma novela la que escribes con 20 que la que escribes con 40, o con 60, porque tu corazón cambia con el tiempo, pero creo que todo escritor coherente debe pisar siempre el mismo territorio e ir desarrollándolo con los años. El lector siempre debe reconocer tu territorio. Desconfío del autor que cambia de territorio o que no lo deja claro en sus libros.
Antonio Gamoneda
Parto de una actitud permanente en el sentido de que la manifestación o la presencia del pensamiento poético es una parte de mi vida. Ese pensamiento poético, por decirlo de alguna manera, permanece inmovilizado, pero está conmigo todo el tiempo. Y, en algún momento, una parte de mi cerebro que los científicos nos están localizando, pone en marcha ese pensamiento poético del que hablo, el cual, a mi entender, difiere de cualquiera otra modalidad de pensamiento. Es un lenguaje interior que se activa rítmicamente, en su aparición hay un desencadenante musical, y ese pensamiento rítmico es identificable como pensamiento poético. Lo que no se debe hacer, sin que esto sea una ley de aplicación general, es crear un proyecto, programar, crear unas metas o significaciones previas con fines de escritura poética. No es precisamente el automatismo puro de los surrealistas, pero sí es una actividad que no debe ser intervenida por otras formas de pensamiento. Finalmente, de manera quizá no perceptible para el poeta hasta el final sí aparece un sentido, un conocimiento que se parte del no saber que decía Juan de Yepes al saber, al conocimiento, pero por mecanismos que no son la indagación, el estudio o la indagación previa.
09/04/10
Una noche en la ciudad
Por Marcelo Del Castillo
Postal 1
Ella acabó de cerrar el pesado archivo metálico, guardando la enorme facturación acumulada desde años anteriores en voluminosas carpetas, pensando en el Jefe, que sentado revisaba correspondencia, abrumado de preocupaciones porque las ventas no progresaban, no se incrementaban, mientras las cuentas por pagar se acumulaban a un ritmo vertiginoso.
Él hizo una mirada de desolación muy amarga, y suspiró, aumentando así la opresión de ese encierro sin poder hallar un motivo, o un pretexto para decirle con sinceridad que las cosas se estaban agudizando para él, que no sabía dónde sacar plata, fondos para pagarle el próximo sueldo del mes y decirle que definitivamente la crisis lo había tocado, lo tenía abrazado cautivamente, que era mejor resolver las cosas de una buena vez, no dilatarlas con el tiempo difícil que se vivía y cerrar la oficina y mandar todo a la misma mierda.
Postal 2
"Ese vestido entubado le ciñe ese espléndido culo" pensó al verla que se dirigió hacia el archivo, después de entregarle la carta que tanto le había recomendado.
Abrió uno de los anaqueles pesados con tantas carpetas de la correspondencia, las facturas y las órdenes de pedidos que ya no se realizaban. Dio un vistazo a la ventana abierta, oyendo el rumor de la noche en la ciudad, los bocinazos de los autos afuera en la avenida concurrida, los gritos de niños que avanzaban de la mano de sus madres, hombres sin empleo que pasaban lamentándose. Mujeres que riendo a carcajadas, seguramente se contaban sus amores. "Cómo deseo salir a divertirme esta noche",pensó, pues vivía sola. Su rutina era de la casa a la oficina y otra vez a la casa. No tenía vida social como se dice. Cuando consiguió ese trabajo de secretaria, él la eligió entre tres porque sabía tomar notas rápidas en taquigrafía. Además, sabía escribir a máquina sin mirar el teclado. Era otro tiempo. La oficina estaba en otro edificio, al lado, había más trajín por la abundancia de pedidos y la prosperidad que no duró mucho: por eso él le dijo que iba a deshacerse poco a poco de tanto personal, y que se reducían a un simple cubículo que ya lo tenía visto al lado. No necesitaba más .Así fue. Porque ahora llegaba la crisis.
Ella desde esa remota tarde cuando la contrató lo vio, se maravilló de ese porte suyo: rubio, con esa carrera al lado. Joven y apuesto. Un ejecutivo deseado que hacía suspirar a tantas mujeres.
Él observó nervioso el sobre del banco. Pensó que si no le extendían el crédito tendría que cerrar la oficina. "Qué hago con ella", se preguntaba expectante, mientras sentía que ella estaba al lado del archivo revisando carpetas inútiles, más por saber de qué se trataba. Ella se apuró a preguntarle:
"¿Es del banco?"
"Sí, del banco"
"¿Y?"
"Vamos a ver qué dicen"
Ella se acercó, sintiendo el penetrante perfume de la colonia. No sabía que marca era esa rara colonia que el usaba. Miró de reojo la piel blanca, apenas cuarteada por mínimas heriditas de la cuchilla de afeitar. Bien rasurado. Él terminó de abrir el sobre, y leyó mentalmente. Abrió más sus grandes ojos verdes. Hizo un gesto de alivio diciendo:
"Extienden el plazo del crédito, pero castigan subiendo el interés sobre la mora".
Le extendió la carta membreteada del banco. Ella sonrío. Pensó abrazarlo y besarlo. Tan lejos y tan cerca, se dijo.
Con la hoja en la mano por hábito se devolvió para archivarla.
Él extrajo un puro. Con paciencia lo mordisqueó y lo encendió dando grandes bocanadas. El aroma del humo empezó a invadir el ambiente de la estrecha oficina.
Ella se decepcionó. Ahora buscaba en la carterita el dinero del pasaje para ir a su casa, donde nadie la esperaba.
"¿Dónde reside Gertrude?", preguntó él.
"Casi en las afueras. Tengo que apurar porque en diez minutos pasa el último bus que me lleva"
"No se preocupe yo la llevó"
Ella volvió a guardar el dinero en la carterita y suspiró esperanzada.


